jueves, 25 de abril de 2013

La mujer en el Maratón de Bostón: Bobbi Gibb y Kathrine Switzer

El Maratón de Boston hoy está en boca de todos a consecuencia de las bombas que estallaron en la última edición de la carrera, el pasado 15 de abril. Sin embargo, desde mi punto de vista, este Maratón, debería ser recordado por otros hitos históricos mucho más positivos.

En esta última edición -la 117ª-  se inscribieron 11.000 mujeres sin tropezar con ningún tipo de discriminación. Esto no siempre ha sido así. El Maratón de Boston durante 70 años fue un práctica exclusiva de hombres, se consideraba una actividad peligrosa para la salud de las mujeres quienes, según los organizadores, carecían de la fuerza y resistencia necesaria. El cambio vino de la mano  en los pies de dos valientes mujeres.



A la izquierda Bobbi Gibb y a la derecha Kathrine Switzer

En 1966, Roberta Louise Gibb, conocida como Bobbi, se convirtió en la primera mujer en correr y finalizar el Maratón de Boston. 

Antes de la carrera, en febrero, recibió una carta del director del Maratón, informándole de que las mujeres no estaban fisiológicamente preparadas para correr las distancias del maratón y que, según las reglas establecidas, a las mujeres no se les permitía correr  más de un kilómetro y medio en competición.  La carta sólo incentivó más a Bobbi, quien decidió que entonces era incluso más relevante realizar la carrera. Su decisión no tuvo sólo importancia a nivel de desafío personal, sino que tuvo gran repercusión social. 

Llegada a meta de Roberta Louise Gibb


Bobbi no participó con inscripción en la carrera, no utilizó ningún dorsal y vistió con ropa  de hombre que le permitió camuflarse entre la multitud una vez sonó el pistoletazo de salida. Para su sorpresa, un grupo de hombres descubrió que era una chica y, lejos de estigmatizarla y tratar de expusarla de la competición, la animaron a continuar con la carrera.

Bobbi llegó a línea de meta en tres horas, veintiún minutos y cuarenta segundos y durante los siguientes días a la carrera fue noticia en varios perídicos de Massachusetts. Ante el eco social, los organizadores de la carrera pronto anunciaron que se realizarían cambios en las reglas para permitir que las mujeres participasen; sin embargo, todo se quedó en meras promesas porque Bobbi Gibb continuó durante los siguientes años participando sin permiso en el Maratón de Boston.

Noticia en uno de los periódicos

Un año más tarde, en 1967, Kathrine Switzer consiguió participar en la competición con inscripción y dorsal: se registró ocultando su nombre, escribiendo tan sólo las iniciales de su nombre y su apellido, y consiguió cruzar la línea de salida con el dorsal 261 como si fuera un corredor más.  


El número 261 desde entonces es un mensaje de fuerza y ánimo
entre las mujeres runners de todo el mundo

La primera  mitad de la carrera se desarrolló sin ningún incidente, Kathrine corría escoltada por su entrenador y su novio, jugador de fútbol americano.  Hasta que uno de los jueces del Maratón descubrió que se trataba de una chica, momento en el que se avalanzó sobre ella gritando: ¡¡lárgate de mi carrera y dame esos números!! El novio de Kathrine se interpuso entre el juez y Kathrine, lo que permitió que no sólo no la derrumbase, sino que Kathrine pudiese acabar la carrera con más ánimo y fuerza sabiendo que contaba con apoyos,  así llegó a línea de meta a las cuatro horas y veinte minutos.

Este es uno de los momentos inolvidables de la historia de los maratones y del deporte femenino porque casualmente -y por suerte- ocurrió frente a un equipo de periodistas que tomaron fotos de lo sucedido. No obstante, y muy tristemente, oficialmente no se permitió que las mujeres se inscribieran en este Maratón hasta 1972. 
 


A día de hoy aún hay discusión entre las runners por la diferente historia de una y otra corredora así como la repercusión de sus actos y, sobre todo, el desarrollo posterior de la vida de cada una de ellas. Mientras que Kathrine es activista pro runners mujeres y escritora, Bobbi actualmente investiga  la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa, y ha desarrollado distintas labores como jurista dada su formación en Derecho.

Al margen de esta discusión, fueron dos vías distintas de luchar por una misma causa y, desde mi punto de vista ambas merecen el reconocimiento de su fuerza, física y de voluntad porque, aún admitiendo las diferencias biológicas y fisiológica entre hombres y mujeres, esto no nos lleva a justificar la prohibición de practicar un deporte so pretexto de un tratamiento paternalista -discriminatorio- hacia la mujer.





Cuando estaba en el colegio, odiaba que los profesores siempre pasasen más horas de clase riñendo a los malos que felicitando a los buenos. Yo no quiero caer en el mismo error, por eso esta entrada no es sólo para todas las mujeres runners, sino que también es para aquellos hombres -runners o no- que, como todos los que animaron a Bobbi y a Kathrine, hoy apoyan la igualdad de las mujeres en el deporte, sea cual sea la práctica de la que se trate. Ni las mujeres feministas queremos luchar excluyendo a los hombres, ni los hombres feministas vienen a hacer suya nuestra lucha.







Nerea